lunes, mayo 17, 2021
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¿Cómo será la patria?

Benjamín Cuéllar
Benjamín Cuéllar es activista salvadoreño de derechos humanos. Fundador de la agrupación Víctimas Demandantes (VIDAS), ha investigado atrocidades como la matanza en la Universidad Centroamericana (UCA) o el asesinato del renombrado intelectual, Roque Dalton. Es uno de los demandantes que lograron la inconstitucionalidad de la ley de amnistía de El Salvador en 1993.

Este año por finalizar, entre tanta mortandad producto de la pandemia, partieron tres grandes que nos acompañaron en la lucha por hacer del nuestro un país decente,… normal. Lo hicieron con su canto y compromiso con la justicia y la paz. Se dice que Luis Eduardo Aute falleció el 4 de abril a causa del nuevo virus que, para entonces, ya había hecho estragos en España; se fue este amigo el día exacto en el que se cumplieron veinte años de la firma del Acuerdo de Ginebra, primero en el proceso de negociación para terminar acá el último conflicto bélico. Alejandro Jáuregui, el “Gurí”, y Santiago Suárez ‒pilares del argentino Quinteto Tiempo‒ murieron por otras causas el 1 de octubre y el 16 de diciembre, respectivamente.

Los tres, grandes, nos inspiran hoy para echar a volar la imaginación pensando cómo sería la patria, la nuestra, por la que ellos nos escoltaron con su canto lúcido en aquel magnífico evento único desarrollado en la posguerra salvadoreña que ‒de 1998 al 2003‒ tuvimos la fortuna de impulsar: el Festival Verdad.

Luis Eduardo hubiese querido una patria sin falsos profetas. “Hay demasiados”, dijo, “profesionales de la libertad que hacen del aire bandera, pretexto inútil para respirar”. Antes, durante y después de la confrontación armada a esos los hemos tenido metidos en la política malsana haciendo de nuestra tierra un nuevo y permanente campo de batalla por el botín tras el cual, sin importar las palabras y los hechos de unos y otros, han engañado a la gente común y dañado su existencia. ¿Cuál botín? El poder para, así, poder prolongar el saqueo artero de país. Lo han hecho, lo siguen y lo seguirán haciendo mientras no reaccionemos y empecemos a creer en el poder, sí, pero de la gente.

Poder. Esa palabra, bien utilizada como sustantivo y verbo, es determinante para cambiar el actual estado de cosas en el cual ‒de nuevo Aute‒ “hay algo en el aire: un fuerte olor a fuego, al fuego de la rabia y de la ira que se revuelve contra la ceniza; […] un fuerte olor a estiércol, estiércol que destila la mentira que respiramos todos cada día; […] un fuerte olor a miedo, a miedo que amenaza en cada esquina a cada pensamiento, a cada vida”.

Por eso a El Salvador lo retrataron bien Alejandro y Santiago en los conciertos del Festival Verdad que nos acompañaron junto a sus hermanos del Quinteto Tiempo, con letra y música de otro grande: Alfredo Zitarroza. Porque en esta nuestra tierra dan “tristeza la pobreza y el rencor”; […] pero “dice mi padre que ya llegará desde el fondo del tiempo otro tiempo”, en el cual “el sol brillará sobre un pueblo que él sueña labrando su verde solar”.

Con Galo y Miguel Mora Witt se preguntaron y respondieron cómo será la patria por venir. Esa que “construimos con este sacrificio y esta esperanza”; esa adonde viviremos “sin el martirio de ver a la pobreza acechando el alma”, viendo a nuestra niñez jugando “con la guitarra de la alegría”. Pero para eso, tenemos que “consagrarnos toda la vida para que no que no anochezca a mitad del día”. La patria, entonces, existirá “sin las hogueras donde se calcinaron huella y camino, […] sin los puñales que en el pasado hirieron hasta el destino; […] sin la violencia, […] sin los traidores, […] sin la tristeza que nos causaron los sátrapas y opresores”. “Esa será la patria, mi compañero. Patria de nuestros hijos, luz de lealtad. Patria sagrada en cada sendero donde nunca faltemos a la verdad”.

En nuestros corazones y en nuestras manos está construir esa morada plena de seguridad humana, dejando atrás las porquerías a las que nos han condenado por siempre; superando el engaño facineroso que históricamente nos han obligado a sufrir hasta hoy, esos que en cada campaña electoral ‒como la que ya inició‒ se llenan sus politiqueras fauces asumiéndose distintos a los demás sin dejar de ser más de los “mismos de siempre”. Mismos que siempre han arruinado la patria; esos que de haber cumplido lo acordado en Ginebra hace dos décadas, nos tendrían consolidando una paz cierta y duradera.

Pero no. Del fin de la guerra al día de hoy no se han respetado irrestrictamente los derechos humanos de las mayorías populares, no se ha democratizado el país y la sociedad está más desunida que nunca. Y lo que viene, sin farsas, no se anuncia como algo promisorio. Por eso, hay que citar a alguien nuestro que no murió este año sino que fue asesinado hace 45.

“El Salvador será ‒avisó Roque Dalton un lindo y (sin exagerar) serio país
cuando la clase obrera y el campesinado lo fertilicen, lo peinen, lo talqueen, le curen la goma histórica, lo adecenten, lo reconstituyan y lo echen a andar. El problema es que hoy El Salvador tiene como mil puyas y cien mil desniveles, quinimil callos y algunas postemillas, cánceres, cáscaras, caspas, shuquedades,
llagas, fracturas, tembladeras, tufos. Habrá que darle un poco de machete, lija torno, aguarrás, penicilina, baños de asiento, besos, pólvora”.

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