lunes, mayo 17, 2021
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Los niños soldado del crimen organizado en México

Por Andrea Sosa Cabrios (dpa)

Ciudad de México (dpa) – Era medianoche y las calles estaban casi vacías en el centro de Ciudad de México cuando un hecho fortuito evidenció el drama de los niños atrapados en las redes del crimen organizado.

Un hombre cargaba unas cajas en una carretilla de dos ruedas. Una se le cayó y se abrió. Policías se acercaron a ayudar, pero notaron algo raro. Al revisar descubrieron los cuerpos descuartizados de dos niños indígenas de 12 y 14 años.

Días antes, Alan y Héctor, amigos entre sí, habían desaparecido. Vivían en casonas viejas y pobres del centro histórico, donde operan cárteles locales que reclutan a niños como informantes, vendedores de droga, extorsionadores o sicarios.

“Son víctimas, son niños”, señaló la jefa de gobierno de Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, en una disculpa pública después de decir que este caso involucraba a narcomenudistas. Todavía se investiga por qué los mataron.

En México decenas de miles de niños son reclutados por los cárteles de las drogas o trabajan en zonas rurales con sus familias en campos de amapola y marihuana, un fenómeno que ocurre también en otros países de América Latina. Muchos desaparecen o son torturados y asesinados, como Alan y Héctor.

Ever Yohsimar Martínez fue niño sicario. A los 12 empezó a robar, de los 14 a los 17 años fue asesino por encargo. “Maté a 17 personas”, dijo a la agencia alemana de noticias dpa. Su primera paga fue un automóvil de lujo. Ahora, a los 28, puede contar su historia con un final feliz, aunque dice que su infancia fue violenta y dolorosa.

Su padre era drogadicto y ladrón. Él, un niño maltratado y lleno de carencias del barrio capitalino de La Merced. Un amigo lo invitó a integrarse a “la empresa”. Hacía de todo: golpear brutalmente a quien se negara a pagar extorsiones, vender droga, ser sicario.

“Me producía mucha adrenalina y eso me gustaba. Carga emocional no sentía porque lo que yo tenía era mucho resentimiento contra mis padres, contra la sociedad. Entonces, yo me desquitaba ahí”, cuenta Martínez.

La organización civil Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim) calculó en 2011 que había unos 30.000 menores al servicio de cárteles. Hace dos años, el designado ministro de Seguridad Pública, Alfonso Durazo, habló de 460.000. No hay cifras ciertas. También grupos de autodefensa que combaten a los cárteles entrenan a niños y adolescentes.

En México la violencia se disparó en 2006 cuando el entonces presidente, Felipe Calderón, puso en marcha la llamada “guerra contra el narco”. Desde ese año hubo unos 300.000 homicidios.

“Como en toda guerra, se necesitan militares. El Estado mexicano tenía y tiene militares”, dice Juan Martín Pérez García, director ejecutivo de Redim. Los cárteles, “como no les alcanzaban los soldados, ampliaron el reclutamiento de adolescentes y jóvenes”.

Pérez García define este reclutamiento como una forma de esclavitud moderna y dice que la esperanza de vida promedio para un niño reclutado son tres años. A pesar de ello, muchos caen en las garras del crimen en busca un ámbito de pertenencia, dinero, autos, armas, mujeres y poder.

Primero llamaron la atención en el interior del país famosos niños asesinos como “El Ponchis” y “Juanito Pistolas”. Ahora el fenómeno se expande también en la capital, donde en los barrios la convivencia con criminales para muchos niños es parte de la vida cotidiana, aunque no estén involucrados.

Alan y Héctor, los niños indígenas, fueron descuartizados en una azotea de la calle Cuba 86, muy cerca del Palacio Nacional, residencia del presidente, y de la Plaza Garibaldi, que es famosa por sus mariachis.

La casa donde los mataron era guarida de la Unión Tepito, el más poderoso cártel local. Se presume una venganza.

Ataud de uno de los niños / DPA

Una línea de investigación recogida en la prensa señala que los niños quizás dieron información sobre el hijo de “Big Mama”, una jefa de la organización, que fue asesinado. Ellos desaparecieron al día siguiente de ese homicidio y después de cuatro días, el 31 de octubre, aparecieron muertos.

Unas semanas más tarde otro hecho conmocionó a la ciudad. Dos adolescentes de 15 años fueron detenidos cuando llevaban a un basurero una maleta con el cádaver de Alessandro, un chico que había sido secuestrado al salir de un entrenamiento de fútbol.

Después de estos casos las autoridades lanzaron el programa Barrio Adentro con actividades para alejar de la tentación del crimen a unos 6.500 niños de barrios céntricos de Ciudad de México.

“Muchos de estos niños desean ser lo que les llaman ‘corregeros’: es ese niño que va a la correccional y que por haber estado y regresar a su barrio se vuelve una especie de héroe”, explica el periodista Óscar Balderas, que trabaja en un documental sobre niños sicarios.

“Anhelan el iPhone, las zapatillas Jordan, que son dos elementos que les atraen mucho, quieren una moto, el estatus”, afirma. “El marco jurídico permite a un niño sicario ser procesado por homicidio y salir al año y medio”.

“Anhelan el iPhone, las zapatillas Jordan, que son dos elementos que les atraen mucho, quieren una moto, el estatus”.

Eso anhelaba también Martínez cuando empezó a ser niño sicario, en aquellos años en los que mataba por rencor y para sentirse poderoso. Varias veces fue enviado a correccionales. La última vez a los 17, a cumplir una pena de cinco años por asesinato.

Una Biblia que tomó por azar después de un castigo en aislamiento le cambió la vida. Una beca de una renombrada universidad técnica le permitió estudiar. Estuvo unos meses aprendiendo inglés en Canadá. Hoy estudia ingeniería mecatrónica y fundó una asociación para reinserción social de jóvenes. De vez en cuando vuelve a la correccional, pero sólo para decirles que otra vida es posible.

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